Volver al agua: cuando la naturaleza trae de vuelta al sur.

Volver al agua: cuando la naturaleza trae de vuelta al sur.
María José Hess Paz

María José Hess (43), es una sureña de alma profunda que decidió retornar al sur después de preguntarse cómo quería vivir y qué tipo de infancia imaginaba para sus hijas. Hoy desde Frutillar, vive rodeada de un bosque que estaba esperando ser descubierto, mientras moviliza ideas y proyectos que buscan transformar y conectar con el territorio local.


¿Cómo es tu historia con el sur?

Yo crecí en Osorno, donde fui al colegio, y después me fui a Santiago a estudiar en la universidad donde conocí a Emilio, mi marido.

Cuando terminamos la universidad nos fuimos juntos a Australia a estudiar. Pero al volver a Santiago, algo cambió. Durante los años de universidad yo había disfrutado muchísimo la ciudad. Sentía que se abría un mundo enorme: música, talleres, gente muy diversa. Era alucinante mientras estudiaba y cuando empecé a trabajar también. Pero al volver se sintió algo distinto, fue duro volver a la ciudad.

Con el tiempo quedé embarazada y mi hija empezó a ir al jardín. Y ahí me pasó algo muy simple, pero que me hizo click. Un día llovió y cuando llegué al jardín mi hija era la única que había ido ese día, los demás no llevaban a sus hijos y yo dije: qué increíble pensar que en el sur, siempre llueve y la lluvia es parte de la cotidianeidad. Desde ese momento, me costó mucho imaginar una infancia sin lluvia y verlas crecer lejos del agua.

"Sentí con mucha claridad que quería acercarme al agua, volver al verde, a la naturaleza. Algo muy profundo de mi infancia estaba ahí. Y cuando llegó el momento de pensar en el colegio, apareció con fuerza la idea de la ciudad en la que queríamos vivir. Me acuerdo que pensé: este es el momento en que puedo tomar esta decisión radical y probar algo nuevo."

Aprendizajes y desafíos de volver al sur

Conocíamos el colegio y también existían algunas opciones de trabajo para nosotros, así que apenas nació nuestra segunda hija, en 2016, migramos al sur y llegamos a vivir a Llanquihue.

Era un barrio maravilloso, conocido como "Villa Iansa", aunque en realidad se llama "Los Presidentes". Es una villa que se formó en los años en que la fábrica de Iansa estaba en pleno funcionamiento y la ciudad crecía a su alrededor. Nuestra casa era pequeña, de los años '60, con un patio muy lindo armado por una abuelita que vivió ahí, justo en la costanera.

Tenía mucho encanto, aunque casi nada de aislación, así que la bosca tenía que estar prendida todo el tiempo para mantener la casa calentita.

Justo al lado había una residencia de adultos mayores y terminamos teniendo mucho vínculo con ellos. Yo hacía talleres de noticias y memoria y muchas veces iba con mis hijas chicas: una en brazos y la otra dando vueltas por ahí. En realidad a mí casi no me pescaban, la verdadera alegría era recibir a las niñas. Ellas crecieron rodeadas de adultos mayores, y eso para mí es muy lindo. Siento que hay que juntar todo lo posible estos dos mundos. Hay algo muy mágico cuando distintas generaciones comparten el mismo espacio.

Su papá, Alfredo Hess, con su hija Ana en el jardín de la casa en la que creció en Osorno.

Fue un barrio donde las niñas aprendieron a caminar en la plaza pública, a andar en bicicleta en la calle, a moverse con mucha libertad. Fue un tiempo muy privilegiado.

Lo que sí resultó desafiante fue la logística de la vida cotidiana. Yo trabajaba presencialmente en Puerto Varas, el colegio estaba en Frutillar y mi marido trabajaba en Los Ángeles. De pronto nos encontramos repartidos entre cuatro ciudades distintas, y eso empezó a generar un estrés que se alejaba bastante de la vida más tranquila que estábamos buscando.

En ese momento apareció la oportunidad de arrendar una casa en Frutillar, en una parcela urbana detrás de la medialuna. Fue un lugar que disfrutamos muchísimo. Estábamos dentro de la ciudad, pero al mismo tiempo en medio del campo. Ahí pasamos la pandemia, y terminó siendo un lugar muy amable para vivir ese tiempo tan extraño. Tiempo después, empezamos a construir nuestra casa.

Mi casa: descubrir un bosque, bajo la murra.

Cuando conocimos esta parcela estaba completamente cubierta de quila y murra. Era un matorral muy denso, pero yo tenía la intuición de que debajo había árboles. Siempre me he resistido a usar químicos para limpiar la murra, que es muy invasiva y difícil de manejar, así que mientras se construía la casa veníamos con Emilio y las niñas a trabajar con pala, sacando de a poco todo ese matorral.

Y fue impresionante lo que empezó a aparecer: más de doscientos árboles nativos estaban ahí escondidos: arrayanes, tiacas, laureles, mañíos, radales. Recuerdo haber pensado: este era el tesoro que estaba oculto. Fue mucho trabajo y todavía seguimos limpiando algunas partes del terreno, pero logramos que ese bosque volviera a aparecer.

Nuestro arquitecto fue Cristobal Noguera, lo conocíamos y confiamos siempre en su trabajo. Además, nos importaba mucho que fuera alguien respetuoso con el lugar, ya que no queríamos intervenir la ladera y él nos propuso un proyecto donde prácticamente no hubo ningún movimiento en el terreno.

A mí no me hace sentido romper un cerro para construir una casa. Sacar toda la materia vegetal que sostiene la tierra me parece incluso peligroso, sobre todo en un lugar donde llueve tanto. Por eso, siempre pensé esta casa más bien al revés: en diálogo con la ladera, siguiendo la forma del cerro. Es algo desafiante de todas maneras, nuestra casa tiene mucha escalera, no es de accesibilidad universal. Hoy somos jóvenes pero a veces pienso que, si quisiéramos envejecer aquí, en algún momento tendremos que encontrar alguna solución para subir y bajar con más facilidad.

Casa Quebrada Honda - Arquitectura: @cristobalnoguera_arq + @abarca_palma

También hay mucha presencia de madera y en el interior, los colores son más bien neutros. Este es un lugar donde los verdes y las tormentas, van iluminando el paisaje y entregando información todo el tiempo. Me gusta pensar la casa como un espacio que recibe eso y lo aprovecha, que se llena de esa energía del entorno.

Cuando me tocó elegir azulejos y terminaciones había tantas opciones que uno se marea. En algún momento pensé: ¿para qué llenar la casa de información si todo lo importante está afuera? Preferí que el interior fuera más tranquilo, más simple. Al final, lo que uno quiere es mirar el paisaje.

Cuéntanos de ti y tus proyectos

Hay dos cosas que me gusta mucho hacer. Por un lado, ejercer el periodismo: reportear, escribir y armar historias. Y por otro, trabajar en estrategias de comunicación y contenidos de posicionamiento para distintas organizaciones.

El año pasado, junto a mi socia Catalina Billeke, nos ganamos un Fondart que nos permitió desarrollar la revista Barco de Papel. Ha sido una experiencia muy bonita, porque nos ha dado la oportunidad de volver al oficio en su sentido más profundo: escribir, reportear, conversar con calma. También nos ha permitido conocer de cerca lo que está pasando en el mundo cultural de la región: fuimos tocando puertas, entrando en conversaciones muy íntimas con artistas y creadores, y entendiendo cómo el territorio va permeando su trabajo. Ha sido una de las cosas más hermosas que me ha tocado hacer.

En paralelo, también trabajo desde Agencia Volcano, donde me dedico a diseñar estrategias de comunicación para distintos proyectos. Muchos de esos trabajos son de alcance nacional y suelen estar vinculados a temas que me interesan mucho: medioambiente, cultura e industrias creativas. En general se trata de ayudar a posicionar ideas, proyectos y procesos colectivos que nacen desde fundaciones u organizaciones que trabajan por causas comunes.

Consejos para alguien que quiere venirse al sur

Primero, si se puede, recomiendo quedarse una temporada larga antes para ver cómo les va con el invierno. Hay personas que necesitan más sol, más calor, y acá el invierno es largo. Yo recuerdo veranos cuando chica que no había verano, llovía todos los meses. Yo sé que hay personas a las que eso les afecta anímicamente, entonces la experiencia de vivir en el sur tiene mucho que ver con cómo me relaciono con la lluvia y con las pocas horas de luz. Cuando estás en paz con eso, el resto es maravilloso.

También creo que es importante conocer y entender la cultura local, las cosas que son importantes, o por qué la gente es de cierta manera. La cultura de la Región de Los Lagos estuvo muy marcada por la agricultura, y la agricultura tiene ciclos muy exigentes, tiene un compromiso de trabajo durante todo el año, no hay fines de semana, el trabajo sigue con el clima y las estaciones. Por eso las personas valoran ciertas cosas, o son de cierta forma.

Hoy el sur es mucho más diverso que antes. Ha llegado gente de distintas partes de Chile y también extranjeros, lo que ha ido enriqueciendo muchísimo la vida de las ciudades. Pero entender el lugar al que uno llega ayuda mucho a integrarse.

En nuestro caso también hemos tenido la suerte de ir construyendo amistades muy lindas. Muchas de esas relaciones nacen justamente porque hay varias personas que tampoco tienen a su familia cerca, entonces se van formando comunidades muy cercanas. La comunidad del colegio, por ejemplo, se vuelve un espacio bien importante. Se arma una especie de familia elegida donde los niños crecen juntos y los adultos también se acompañan.

Para nuestras hijas, crecer aquí ha sido muy especial. Tienen bastante libertad para moverse por la ciudad, andar solas en bicicleta, encontrarse con sus amigos y hay muchas oportunidades para hacer cosas entretenidas: deporte, teatro, música, actividades que van mucho más allá del colegio.

Antes de venirnos, también traté de entender cómo funcionaba el mundo laboral acá en el sur. Vine varias veces a conversar con gente, tocar puertas en diarios, universidades y distintos proyectos para ver qué estaban haciendo los periodistas en la zona. Las oportunidades existen, pero hay que salir a buscarlas, tomarse muchos cafés y conversar con gente. Las cosas no llegan solas y a nadie lo van a ir a buscar para que se venga.

Lo bonito es que hoy están pasando muchas cosas interesantes en esta zona, y cada vez más personas están apostando por la cuenca del lago Llanquihue como un lugar donde se puede tener una muy buena calidad de vida y también desarrollarse profesionalmente sin la sensación de estar perdiendo oportunidades. Están pasando cosas.

Nosotros hemos sido muy felices aquí como familia. Hay algo de actitud, pero siento que este es un territorio muy especial para construir la vida que uno quiere.

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